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Tu mente, tu alma… ya no pertenecen a la empresa, son las 17:59 h.
Una parte de ti ya está abriendo el coche, poniéndolo en marcha y calculando si llegarás justo a tiempo a tu clase de GAP en el gym. No hay excusa que valga: hace una semana que no vas, y llevas todo el día mentalizándote para no volver a fallar.

Tus dedos se deslizan suavemente sobre el ratón, mirando de reojo el reloj del ordenador, faltan segundos para las 18:00, el tiempo parece haberse detenido y solo quieres oír el dulce sonido de “Cerrar sesión”.

Repasas mentalmente las tareas del día. Correos respondidos, informes actualizados, reuniones que pudieron ser mensajes, cafés y por supuestos nuevos cotilleos, esa red silenciosa que atraviesa pasillos, ascensores y grupos de chat privados con una velocidad que ningún servidor podría igualar. Piensas; «ha sido un buen día», pero ya es hora de irse a casa.

Y entonces… “Ping”.
Notificación de correo.
Tu jefe.
Pero no el de siempre, no el exigente que nunca está contento. No.
Esta vez es el jefe supremo, el presidente de la compañía.

Asunto: “Urgente. ¿Podrías pasarme las cuentas anuales de los últimos 3 años? Con tus comentarios sobre la evolución de los gastos, por favor.”

¿Quéeee?
¿Con comentarios? ¿Y urgente?

Sientes cómo la culpa profesional te atrapa. La cara se te retuerce, el corazón se acelera, y una mezcla de rabia y resignación se apodera de ti. Respiras hondo y aceptas tu destino.

En el gym alguien está haciendo sentadillas por ti. Tú, atrapado frente a la pantalla.

Ves como tu jefe se desconecta, se va a casa. Le envío lo que me ha pedido y me marcho sabiendo que en algún lugar, alguien acaba de programar otro correo para las 17,59 de mañana.

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